Noción de pecado en época electoral

 

LOS LÍMITES DE LA LIBERTAD

 

Es deber interpretar un escrito que me han pedido que explique, un poema político que no es artículo de opinión, aunque la opinión sea central en él.[1] Pero todo deber es presunción ética, como presunción ética es la idea de que una verdad reposa en los hechos. Conforme al pragmatismo que reconoce a la modernidad, atengámonos a un proyecto, unos objetivos. Hay que explicarse porque el poema es ambiguo en su expresión y, como trata de política, agradecemos la aclaración de su sentido.

 

Pasemos por alto la forma, abordemos lo que desde el beligerante título propongo para estos días electorales: el texto se llama “Poema de un profesor cristiano por Iván Cepeda”. El objetivo de este nombre –desde luego, eje del poema– es destacar una tensión negada pero vigente en todo momento en nuestro modo de ver el mundo: la tensión entre lo sagrado y el pecado. ¿Es posible concebir no solo algo sagrado para nuestros tiempos libertarios (eso ya se ha hecho), sino además algo pecaminoso?

 

Se dice que, desde sus inicios, para la ciencia y la modernidad en general nada es sagrado, pero, al mismo tiempo, lo mundano adquirió entonces un aura antes solo entrevista de grandeza y reasumió los valores griegos de verdad, bondad y belleza. Esa naturaleza que luego Goethe consideró fuerza superior a todo, tomó sin que se notara mucho el rango de sacramental. No es raro: los alquimistas que precedieron a la revolución científica y que facilitaron los hallazgos posteriores de la química, ya afirmaban que el mundo era un alma.

 

Hoy en día, desde el neomaterialismo, al cuerpo se le reconoce implícitamente sagrado, pero no como ese tabú que –según lo afirma la sociología decimonónica de la religión– definiría qué es lo sagrado y qué no, sino como potencial de una vida entreverada, infinitamente relacionable y movida por un deseo que ya no se ve como carencia, sino abundancia, afán de darnos. Por su parte, el neomaterialismo le confiere además individualidad y subjetividad no solo a los seres vivos sino también a la materia.

 

En ese contexto, ¿qué (no) sería pecado? La discusión, obvio es, se da con bases distintas a las que presidirían una discusión similar en los años fundacionales de la universidad occidental. Para la “ciencia del ser” que desde el ateísmo hindú propone Maharishi Mahesh Yogi (en The Science of Being and Art of Living, 1963), el pecado es la infracción de leyes universales de la vida. En tal lógica, pecado sería, por ejemplo, limitar el crecimiento de una niña con taras asfixiantes, como la propia noción de pecado en la tradición judeocristiana.

 

Lo pecaminoso sería clave porque es algo cultural, algo inextirpablemente humano pero relativo, que identifica pero también diferencia a las culturas, una especie de quicio por resolver en medio de disyuntivas vitales que tocan lo que tenemos por sagrado, así el concepto ya no sea para muchos algo teñido de religión en el sentido común. Un buen ejemplo sería en una democracia liberal el periódico que dijera mentiras y maleducara al pueblo. En el caos de hoy, no deja de ser pecaminoso lo que atente contra la vida planetaria.

 

Llegamos al centro del poema político y religioso que pretendo explicar. Hoy en día, votar a conciencia por un proyecto ecocida o genocida, sería pecado no solo por sus consecuencias, sino en sí mismo. Dejemos de lado las consideraciones pragmáticas, atendamos al peso específico del acto. Si éticamente presumimos una verdad en los hechos (presupuesto de la objetividad), cada subjetividad tendría un carácter histórico inmanente, y así ese pecado –infracción contra la vida, en el sentido ateo del término– sería no relativo, sino imborrable.

 

No cabe amenazar con infiernos metafísicos al que vote por un proyecto ecocida y genocida –como el del candidato que va por el fracking y se alía al sionismo–, pero sí constatar lo que es eterno para visiones que no solo las filosofías occidental y árabe han estudiado: la sucesión del tiempo como contigüidad en el espacio, la permanencia de los hechos. El mismo Lezama Lima, poeta filósofo (y estudiado por filósofos), veía el tiempo físico al modo aglutinante y fijador en que lo sugiere el libro de la Revelación –no judío–, el Apocalipsis.

 

Según esa visión profunda y metafórica, los actos perduran como imagen o forma absoluta, y no hay más justicia que la que ellos mismos otorgan en su propia determinación. Objetividad mayor no puede haber en esa idea de una verdad que trasciende todas las versiones. Así, estamos avisados del papel que jugamos en la historia. Apoyar el ecocidio es encadenarse a lo peor, a un individualismo perfectamente asimilable a lo satánico, al poder omnímodo que una inteligencia hija de la naturaleza pretende solo para sí (y vanamente).

 

 

 

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